La población musulmana ha sido tomada como rehén político en estas elecciones primarias de Francia y se ha convertido en uno de los temas clave de esta campaña

“Me llamo Mohamed, no aparento ser árabe pero cuando doy mi nombre no hay lugar a dudas” dice este joven francés de origen argelino licenciado en químicas, y continua diciendo “cuando oyen árabe o musulmán enseguida lo relacionan con terrorista o ladrón”.



La población musulmana en Francia, la más importante de Europa con cerca de 6 millones de personas, se ha convertido, de manera involuntaria, en tema clave de estas elecciones primarias francesas que se celebraran en abril y mayo. No hay nada de novedoso en la instrumentalización de la inmigración como arma política si no fuera porque en este caso se ha tomado como rehén a un colectivo concreto, la población árabe y musulmana.

Ambos términos confundidos muy a menudo. Mientras que árabe designa el origen étnico de las personas del Magreb y  el norte de la península Arábiga,  además de quienes comparten la lengua árabe; musulmán se refiere a los creyentes que profesan la religión del Islam, con 1.600 millones de seguidores en el mundo y se calcula que cada día hay una decena de conversiones en Francia según el Ministerio del Interior.



La clase política francesa, muy dada a los grandes debates de Estado, ya creó gran polémica cuando en 2009 Sarkozy lanzó el debate sobre la identidad nacional ¿qué es para ti ser francés en la actualidad? , en el que los franceses pudieron ofrecer su versión en la página web que creó expresamente el gobierno y que recibió 200.000 visitas en tan sólo una semana. La cuestión de la identidad siempre ha sido un leitmotiv en la carrera política de Nicolas Sarkozy, así lo demostró en 2007 con la creación de la cartera de Inmigración, Integración, Identidad Nacional y Codesarrollo.


De nuevo, los candidatos a la presidencia repiten hazaña y retoman el tema de la inmigración. La candidata ultraderechista del Frente Nacional, Marine le Pen, denunció que “en Francia se consume carne halal sin que los consumidores lo sepan”.

El siguiente golpe lo asestó el ministro de Interior, Claude Guéant, que reiteró su oposición al derecho de voto para los extranjeros en las elecciones locales argumentando que  “ hay que evitar que concejales extranjeros hagan obligatoria la presencia de carne halal en los comedores escolares". Se refiere así a la carne manipulada según las reglas islámicas y la única carne permitida para los creyentes. Pero el tema gastronómico no es otra cosa que una simbología que identifica a una parte de la población que, como Le Pen aclara, “es la invasión de Francia por una mancocomunidad, la islamista en particular”.



Sin embargo, la cuestión migratoria no es exclusiva de la derecha. El candidato del Frente de Izquierda, Jean-Luc Mélenchon, se ha servido de la polémica para arremeter contra Le Pen: “quiere hacernos creer que vamos a pillar el islam por comer carne”. Por su parte, François Hollande, candidato del Partido Socialista, ha aprovechado el tirón para reunirse con representantes musulmanes y judíos, afectados de manera colateral en esta polémica, y ha declarado públicamente su rechazo a una proposición de ley respecto a la carne halal. 



Sin embargo, el rechazo social ha superado las fronteras políticas y se palpa a nivel de calle. Rhalil es uno de los muchos jóvenes de origen árabe, de segunda o tercera generación  que, a pesar de ser ciudadanos franceses tienen que seguir luchando contra los prejuicios sociales.

Este camarero de la campagne parisina asegura: “llevo varios meses buscando piso y todo va bien hasta que escuchan mi nombre. Me han llegado a colgar hasta 15 veces”. Rosi, formadora de personal de repostería, afirma que “hay muchísima inmigración y la mayoría no se adapta, o no quiere, a las costumbres del país. Como por ejemplo las mujeres que llevan el velo, no están obligadas a llevarlo aquí.”.



Pero, si la polémica sobre el velo islámico o los minaretes ya había sembrado la discordia, los últimos acontecimientos ocurridos en las ciudades de Toulouse y Montauban han dado un nuevo revés. Su nombre es Mohamed Merah, un joven de 23 años de origen magrebí. El supuesto asesino mató a lo largo de una semana a siete personas, tres paracaidistas franco-magrebíes y cuatro ciudadanos judíos, tres de ellos niños.

Según las autoridades, Merah confesó, antes de ser abatido por las fuerzas de élite de la policía francesa,  que cometió los crímenes para vengar las muertes de niños palestinos en Gaza y protestar contra las acciones de Francia en Afganistán y la prohibición del velo integral en los lugares públicos.



Así, tras la muerte de Merah, la veda se ha levantado y varios frentes han quedado abiertos. En primer lugar, se duda de si actuó sólo o en colaboración con otras personas o algún grupo afin a Al Qaeda.  Se ha criticado duramente la actuación policial que acabó con la vida del supuesto asesino en lugar de neutralizarlo y arrestarlo con vida para que se realizase un juicio justo como defiende la constitución francesa.



Por otro lado, se ha reprochado a los servicios secretos no haber controlado a un sospechoso que, según las últimas investigaciones policiales, figuraba en la lista negra de sospechosos de terrorismo en Estados Unidos y ya estaba fichado por las autoridades galas desde 2011. Como consecuencia, el lunes pasado el gobierno elevó al máximo el nivel de alerta por amenaza terrorista, el segundo de mayor riesgo después de los atentados de 2005 en Londres. 


Representantes musulmanes y judíos se reunieron en el Palacio Eliseo para rechazar al unísono la manipulación mediática y el uso de esta tragedia como artillería electoral.  Sin embargo, Marine le Pen ha sido la primera en abrir fuego y ha declarado que “el gobierno ha actuado con cierto laxismo” y asegura que  éste “tiene miedo a las reacciones que puedan producirse en algunos barrios que están completamente en manos de islamistas fundamentalistas”.

Le Pen se ha referido a ello como el fascismo verde, aludiendo así al Islam ya que es su color representativo.

Los musulmanes franceses,

rehenes políticos de la campaña electoral