Ley Anti­despilfarro llega a los supermercados franceses

Todo comenzó con una campaña de recogida de firmas en la plataforma de peticiones online Change.org. Arash Derambarsh, un joven concejal de la “banlieue” parisina, lanzó el pasado mes de enero la campaña “Stop al despilfarro alimentario” que logró 210.000 firmas en tan sólo cuatro meses y el apoyo de conocidos artistas del mundo del cine y de la música francesa.

 

Desde hace un año, Derambarsh forma parte de una asociación que se reúne varias veces por semana a las puertas de un supermercado antes de la hora del cierre para recuperar los productos sin vender que se arrojan al basurero. El joven considera “absurdo que cada día los supermercados tiren un promedio de 40 kilos de alimentos a la basura, lo que equivale a 500 euros (560 dólares) y que podría servir para dar de comer a unas cien personas”.

 

Su propuesta llegó a la Asamblea Nacional y el pasado 21 de mayo fue aprobado el proyecto legislativo conocido como la Ley Anti­gaspillage (anti­despilfarro). A partir de julio de 2016, las donaciones de alimentos dejarán de ser voluntarias para ser regidas por la ley francesa que obligará a los grandes supermercados de más de 400 metros cuadrados a colaborar con una asociación caritativa. Los remanentes podrán ser también utilizados para la alimentación animal o como abono para la agricultura. Para la Federación del Comercio y la Distribución francesa, esta ley “se equivoca de objetivo puesto que la distribución sólo representa el 5% del despilfarro alimentario”.

 

Hasta ahora, la legislación obligaba a los supermercados a desprenderse de sus productos sin vender por “razones de higiene”, lo que provocaba que miles de kilos de alimentos que todavía eran comestibles pero que se encontraban en el límite de su fecha de caducidad, terminaran a diario en grandes contenedores donde eran rociados con lejía para evitar su reventa. Esto representaba un escándalo para las asociaciones que luchan por los que menos tienen y que denuncian que 8,5 millones de franceses viven bajo el umbral de la pobreza.

 

Idea para toda Europa

 

Derambash, lejos de detener su lucha contra el derroche, está decidido a llevar esta iniciativa de “solidaridad del siglo XXI” a la Comisión Europea. Apoyado por la asociación ONE France, financiada por el cantante Bono del grupo U2, su objetivo es participar en el próximo encuentro del G20 y en la Conferencia Mundial sobre el Cambio Climático prevista el mes de diciembre en París.

 

Francia produce cada año un total de 10 millones de toneladas de desperdicios alimentarios, de las cuales el 67% proviene del consumidor, con una media anual de 20 kilos de comida a la basura. El actual sistema de consumo empuja a muchas personas a comprar de más para ahorrar en el presupuesto familiar: packs de productos, promociones 2x1, compre dos y llévese el tercero gratis... o simplemente, como dice la expresión francesa, “tener los ojos más grandes que el estómago”.

 

Reeducar al consumidor

 

El Gobierno se ha propuesto reducir estas cifras a la mitad antes de 2025 y, consciente de la necesidad de reeducar al consumidor, pretende integrar la educación alimentaria en el itinerario escolar. Algo tan simple como conocer la diferencia entre la fecha de caducidad y la fecha de consumo preferente puede marcar la diferencia.

 

Mientras el primer dato advierte que el alimento no es apto para el consumo desde el punto de vista sanitario, el segundo informa que la calidad del producto puede disminuir pero su ingesta no supone un peligro para la salud.

 

La tecnología, siempre por delante de la legislación, ya ha pensado en ello y numerosas aplicaciones móviles están al servicio del consumidor; como Optimiam, la aplicación que permite localizar aquellos comercios que tienen excedentes a precios de saldo o Checkfood que, tras escanear el código de barras de nuestros productos, nos avisa cuándo estos se acercan a su fecha de caducidad. Algo clásico pero efectivo es el doggy­bag (bolsa del perrito) que llega del mundo anglosajón y que consiste en llevarse a casa los restos de comida que uno antes dejaba en el restaurante.